La pasión postcorreísta

Luis Eduardo Vivanco habla sobre las heridas abiertas tras el gobierno pasado y explica porqué nos seguimos sacando los ojos en este país sufrido pero aguantador. 

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¿Hasta cuándo vamos a estar sacándonos los ojos? Me preguntaron de buena fe esta semana. Y es una pregunta válida y urgente. Y mi respuesta es que las heridas que dejó el correísmo no sanarán de un día para otro y hay que vivir ese proceso. 

Luego de una década de que nos saquen la madre y el billete, es normal que la deuda sea una sociedad dividida, lastimada y timada, donde los apasionamientos brotan al menor estímulo. Correa es un tal y cual, estos de La Posta son unos mediocres perros de la oligarquía y vamos a cagarnos en las puertas de sus casas, Lenín se vendió a la derecha y en fin, puteadas hay para hacer un museo. 

El principal catalizador de este proceso de sanación debe ser la justicia, la que debe operar de forma independiente, profesional, pero con mano dura si es del caso. Creer que mientras la justicia actúa, todos debemos estar de espectadores impávidos, es una locura. Otros consideran que la corrección política debe funcionar a todo vapor y ven las pasiones como si quienes las exteriorizan fueran tristes orangutanes sin criterio democrático.

Yo digo: no molesten. Luego de una dictadura es normal que queden pasiones y es vital acompañar el proceso legal con la creación de una memoria histórica que nos ayude a no cometer las mismas cagadas. No podemos creer que debemos estar todos de muchas (besos para los guayacos) y abrazos tras diez años de escupitajos e insultos. 

Con esto no quiero decir que debe reinar el caos, jamás, he dicho que la justicia debe llevar la pauta del proceso, pero considero que no es momento de darse a monje budista. Lógico, hay que mantener el respeto, la ley, la paz, el sentido común, pero no por el argumento de “no te puedes convertir en lo que ellos fueron”, ofrecerles a los tiranos una alfombra roja y una copa de champán.