Unasur era para otra vaina

Luis Eduardo expone por qué dice él que el edificio de Unasur tenía que tener otro fin que no sea el de la universidad intercultural que anunció el Gobierno. Pero ya nada, así es la vida. 

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Yo no estoy de acuerdo con que el edificio de Unasur se convierta en una universidad intercultural. Y ya me han de decir que soy racista, típico. 

No, no estoy de acuerdo, esa infraestructura tenía que ser utilizada con fines turísticos. No hay nada más aburrido que hacer en Quito que ir a la Mitad del Mundo. Pese a eso, casi un millón de turistas van cada año, se toman la foto poniendo un pie en cada hemisferio, verifican con su Iphone que no están en la mera mitad, se ríen y ponen el huevito sobre el clavo. Y eso es todo. Y esto pese a que nos llamamos Ecuador. 

El mamotreto faraónico que construyó Correa para mostrarle a sus colegas presidentes que el lo tiene más grande (el volado del edificio, pervertidos), tenía que convertirse en un museo, un centro de gestión cultural que sí, que resalte la interculturalidad de nuestros pueblos andinos, pero también la magia de nuestros pueblos costeños y amazónicos. 

Además, no solo mostrar nuestra ancestralidad, sino también nuestras nuevas propuestas, enseñarle a ese casi un millón de personas que no solo somos historia, que somos una sociedad viva, creativa, moderna y que atesora su pasado. 

Esta idea no es mía, la leí en un tuit de Roque Sevilla, aunque él se enfocaba más en que sea un tema andino exclusivamente.  El tema es que, pese a que estoy a favor de que se apoye a esa universidad, la entrega del edificio me pareció más una estrategia para mantener el respaldo del sector indígena al gobierno. Siempre es bien visto entregar algo a las minorías históricamente atropelladas, pero esta vez, no se pensó en lo que resultaba realmente efectivo como país. Una pena. 

Pero lo hecho, hecho está. Ahora solo falta cruzar los dedos porque esa universidad funcione y traten de sacarle provecho a los millones que nos costó el edificio y a los miles de gringos que llegan a su barrio con harto cushqui en el bolsillo.