Vicepresidenta, ¿usted sale a la calle?

Nunca he conocido a un ecuatoriano que defienda lo que usted en Venezuela: el crimen, el hambre, la falta de democracia. Nunca. 

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¿A quién representa usted, Vicepresidenta? 

¿A la voluntad popular? No. No fue electa por voto popular sino por cabildeos en la Asamblea que, con las justas, la llevaron al puesto. ¿Al presidente de la República? No. Él ha sido claro en usar las palabras que usted no se atreve “presos políticos”, “violaciones de derechos humanos” y “falta de democracia” cuando habla de Venezuela. ¿A los ecuatorianos? Menos. Nunca he encontrado a un compatriota que alegremente defienda un dictadura, ni justifique los asesinatos contra la población civil, ni envidie la prosperidad económica venezolana. 

Por el contrario. Los ecuatorianos han tenido la sensibilidad que a usted le falta. Defienden una Venezuela donde podamos escoger libremente quien nos gobierna. Defienden una Venezuela donde podamos alimentar a nuestros hijos. Defienden una Venezuela donde la protesta no nos cueste la vida. Defienden una Venezuela donde el progreso económico no esté reservado para los corruptos y narcotraficantes. Defienden pues a los venezolanos, no al Gobierno enquistado por las armas en el poder. 

No pongo en duda su calidad humana, la tiene y conozco. No pongo en duda su capacidad, ya se dará usted la tarea de probarla. Pongo en duda su disposición para dejar de estar más pendiente de lo que piense el club de izquierdas al que orgullosamente se pertenece y empiece a estar más pendiente de lo que piensen sus mandantes. 

La salida es fácil. Así como aceptó muchas veces viajes auspiciados por la embajada venezolana para asistir como cachiporrera del chavismo, acépteme hoy una invitación a la verdadera Venezuela. Yo la paseo gustoso desde el Táchira hasta Caracas para que conozca la miseria, la llevo a los hospitales para que nos vea por morir por falta de medicinas, a los basureros para que nos vea comer, a los bancos para que nos vea suplicar por sacar dos dólares, a los colegios donde los profesores ya no van porque están en la cola del mercado, a los hoteles donde se venden las venezolanas por un plato de comida, a los cuarteles para que conozca al crimen y el narcotráfico. Y después de eso, si quiere seguir defendiendo lo que defiende, sea libre usted. 

Vengo de un hogar chavista. Y créame: lo imperdonable no es haberse equivocado. Lo imperdonable es seguir defendiendo a una banda de criminales aún sabiéndose equivocado porque le gusta corear a Piero en compañía. No cierre la única puerta de representación que le queda: la de la gente, la de los ecuatorianos.