¿Por qué María Alejandra Vicuña?

Cuando amaneció y el país leyó la lista -aún extraoficial- de los reemplazos de Jorge Glas, un tufo a correísmo recorrió nuestras narices. ¿Pero acaso  no es el morenismo?

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A veces, la gente olvida cosas básicas. Olvida, por ejemplo, que Lenín Moreno es el presidente de la República y se sentó allí bajo la bandera de PAIS, no de CREO. Olvida, por ejemplo, que la decisión política de remover a Jorge Glas fue suya (la Asamblea no estuvo a la altura) y que la decisión de reemplazarlo es también suya. Que a su lado debe haber alguien en quien confíe (él y su esposa, que visto está mantiene un nivel de influencia superlativo). Que ese alguien no puede traer mayor costo político. Que tiene que lograr al menos 69 votos. Que debe de tener relación con las bases con las que él no tiene relación. 

Por eso María Alejandra Vicuña. 

Formada en el bolivarianismo, Vicuña sabe cómo moverse en las bases de un partido político donde los almuerzos, las fotos y el clientelismo son la norma básica. Cumple también con una doble y extraña condición: es la cara del correísmo y no es la cara del correísmo. Cierto es que fue legisladora durante el período de la aplanadora verdeflex, que coló la reelección indefinida y mató la fiscalización; cierto es que defendía a Rafael Correa -a quien ahora busca jubilar electoralmente- con tuits melosos; cierto es que pedía una y otra réplica para hablar del “maridaje incestuoso entre la prensa y el poder económico” y los “oscuros tiempos de la bancocracia” y aplicaba con rigor el limitado diccionario correísta. Sí. Hizo todo eso. 

A su favor: casi nadie lo recuerda.

Nadie la enlaza en un clic mental inmediato junto a correísmo rancio. Lo hacen, cómo no, la oposición radical (de la que Moreno no necesita) y el correísmo light (al que el presidente apela). Pero ante el gran público, que pronto será el gran electorado, Vicuña es una vicepresidenta encargada reconocida a penas por el 32 % de la población, según las últimas encuestas. Sí. Siete de tus amigos están recién aprendiéndose su nombre.

Es una doble condición necesaria de cara a una consulta popular, aunque el cortoplacismo no es la regla única. Vicuña, cuya única función de momento es precisamente la Consulta Popular, tiene habilidad en la organización de recorridos y mantiene contacto con todas las bases del partido, las que mueven la campaña, especialmente en Guayas, donde puede contrarrestar el efecto Marcela Aguiñaga y el NO. 

De cara al resto de ciudadanos, Vicuña es un nombre en construcción, que deberá ocuparse de la política amable, la política que mantenga con vida el partido que llevó a Moreno al poder, mientras Gustavo Larrea se encarga de levantar el otro, Democracia sí.

Vicuña ha demostrado además obediencia y capacidad de ¿lealtad/traición? al nuevo régimen: le tomó menos de 100 días agregar el ex a la condición de correísta. Y aunque está en un puesto de relevancia, no hace sombra. Ni a Moreno ni a nadie.

Junto a Rosana Alvarado y María Fernanda Espinosa, tiene posibilidades. Estas últimas se entienden como la opción que no es opción, la provocadora propuesta rechazo, dos nombres tan poco queridos en el Pleno, que ni siquiera el morenismo tendría acuerdo unánime para apoyarlas. 

En eso también gana Vicuña, antes de llegar su nombre a la Asamblea, ya hay 69 votos dispuestos (incluyendo a 22 de oposición, SUMA y las minorías) a olvidar su pasado reciente y entregarle a Lenin Moreno la vicepresidenta que tanto desea, pero no necesita.